miércoles, 24 de mayo de 2017

Remembranza primaveral

Foto (Internet)


Claro que no sabíamos a ciencia cierta si aquellos campos, para nosotros con un colorido espectacular, iban a cubrir las expectativas...
 


Cuando los días se nos mostraban cargados de luz por antonomasia, y cuando el tiempo primaveral, con sus grandes bonanzas en cuanto a la generosidad de las temperaturas, tendía a expandirse con marcada generosidad y a ir calentando nuestros cuerpos y el ambiente en general, era cuando, un día al azar, la maestra nos anunciaba que al día siguiente por la tarde iríamos de excursión hasta el molino, a no demasiada distancia del pueblo y junto al río que sigue cada día bañando sus tierras.
 

Para nosotros, como aspirantes a iniciarnos apenas en la más primaria de las adolescencias, suponía una pequeña aventura que nos llenaba de satisfacción y acogíamos con inmensa alegría, por lo que suponían unas horas en el campo en pleno contacto con la naturaleza; y donde podíamos experimentar sobre el propio terreno algo de lo explicado en clase por nuestra maestra.
 

Los sembrados, en general, lucían su vistosidad a nuestros pies, ofreciéndonos su mejor colorido. Y los cultivos reverdecían por doquier, con las espigas ya formadas unidas a un largo tallo que brotaba de la tierra y que había adquirido una cierta altura con respecto al suelo –las últimas lluvias caídas tras las pertinentes rogativas con el santo, habían obrado su especial milagro-. Claro que no sabíamos a ciencia cierta si aquellos campos, para nosotros con un colorido espectacular, iban a cubrir las expectativas y proporcionar una buena cosecha llegado el momento de su recogida.
 
 

En tanto que a nuestro alrededor, los pájaros del campo con los que nos cruzábamos a cada paso, se afanarían –según nos apuntaba nuestra maestra- en sacar adelante sus polluelos recién nacidos, escondidos a buen recaudo en sus nidos, entre los hierbajos y zarzas del camino, por el que nos dirigíamos hasta las inmediaciones del molino. Quizás al día siguiente, tras salir de la escuela, alguna hora de la tarde la emplearíamos en intentar buscar entre los matorrales del camino alguno de estos nidos para seguir con cuidado a partir de entonces el crecimiento de esos polluelos.
 

Entre unas cosas y otras, la tarde había pasado tan rápidamente que debíamos emprender ya el camino de vuelta al pueblo, llevando en la mente la imagen fija de unos campos de un llamativo colorido, rodeando el caserío del pueblo, con la torre de su iglesia destacando en medio, y donde revoloteaban un buen número de pájaros al vencer el día.

(Publicado en el Periódico "Diario Palentino" el 24/05/2017)
 
 
 
 
 
 

 
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario