Las informaciones de aquellos
últimos días de febrero, de este invierno excesivo en lluvias y catastrófico se
mire por donde se mire, nos hablaban de que los embalses en nuestra cuenca del
Duero estaban en torno al 82 por ciento de su capacidad, y subiendo.
¡Como para no estarlo!; habida
cuenta de aquel increíble tren de borrascas perfectamente concatenadas que
hemos soportado este invierno, con copiosas y continuadas lluvias, junto al
deshielo de la nieve de nuestras montañas.
Ello unido a que, desbordados
casi los pantanos, haya habido que ponerlos a prueba desembalsando agua de
manera prioritaria para evitar que estos embalses colapsasen.
Todo lo cual, hizo que el
aporte extraordinario y excesivo a la vez de agua a nuestros ríos, provocase
las salidas inmediatas de estos de sus cauces habituales y el desbordamiento a
campo abierto de muchos de ellos.
Anegando en su acción tierras de cultivo y edificaciones próximas, con
desalojos totales o parciales de la población de algunas de las localidades
aledañas al curso del río.
Lo que supuso un sinfín de
inconvenientes y pérdidas económicas incontables en las tierras de labor que
permanecieron encharcadas durante días; con unas imágenes espeluznantes al
respecto que nos sobrecogían.
Porque nada se podía hacer
frente a las grandes avalanchas de agua que llegaban de manera imprevista río
abajo y que se llevaban de calle todo lo que encontraban a su paso, anegándolo
todo de inmensas balsas de agua; sólo poner a salvo a las personas y los animales
y desear que la lluvia cesase y aquello volviese lo más rápido posible a la
normalidad.
Claro que, como “no hay mal
que por bien no venga”, desde otra óptica y en plan optimista salvando las
distancias; aunque partamos de una situación no buena, cabe pensarse que a
futuro y con tanta agua acumulada y retenida en nuestros embalses, no habrá
problemas de abastecimiento en el próximo verano, tanto para el consumo humano
como para los riegos agrícolas; si es que esta catástrofe pudiera tener una
segunda lectura.
Y es que, como decíamos, “No
hay bien que su mal no traiga”. Todo
esto, con la primavera pisándonos ya los talones.

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