Vaya un mes de febrero que nos
cayó en suerte –más bien en desgracia- este año; que si uno se lo imaginase
malo de necesidad, por aquello de los dichos populares que le vienen
calificando, entre otros muchos más, como “febrerillo el loco, con sus
veintiocho”, o “febrero, febrerín, el más corto y el más ruin”; pues resultó
que estas sentencias populares se quedaron en nada y muy cortas, inmensamente
cortas para lo que en realidad nos trajo de “regalo” envenenado el susodicho
mes de febrero. Que más bien habría que
tildarlo de “loco”, “embustero” y “traicionero”, cuando menos, por lo mucho
malo que nos aportó a lo largo de sus días.
Comenzando por las borrascas
meteorológicas y lluvias sin parar por aquí y por allá; y no unas lluvias de
esas digamos habituales y un tanto persistentes, si se quiere, del
invierno.
Qué va, nada de eso, sino que
nos llegaron unas lluvias enormemente fuertes, continuadas en el tiempo y
salidas de madre por doquier, que más bien asemejaban lo que debió ser el
diluvio universal; tras ese impredecible tren de borrascas.
Y con grandes catástrofes
naturales a su paso: con ríos salidos de su cauce habitual e inundándolo todo a
su paso, no importándole casas y pueblos enteros o tierras de cultivo,
carreteras o puentes, vías férreas o caminos alternativos. Y con los pantanos no pudiendo contener ya
más agua, soltándola a toda prisa por sus aliviaderos para evitar males mayores
ante un posible reventón de sus muros de contención.
Llevándoselo todo de calle a
su paso el temporal; en interminables y agotadoras jornadas de trabajo a
destajo de los equipos de protección y auxilio de la población.
Y así un día tras otro, y sin
que la lluvia cesase; con lo que las avenidas de agua se fueron multiplicando y
extendiendo por los campos y las poblaciones más cercanas a los ríos.
Así que a la vista de los
acontecimientos y tratando quizás de poner un punto de humor a la situación,
hubo alguien que hasta se acordó por momentos del famoso Arca de Noé de la
Biblia. Que ya ha llovido desde
entonces.






