Con el
atraso de los relojes en una hora llevado a cabo este pasado fin de semana en
nuestros predios peninsulares e insulares, amén de muchos otros europeos, se
viene a reconocer desde un largo tiempo atrás, inveterado casi por su ajado y
avejentado proceder que, sin más dilación, hemos entrado en el llamado “horario
de invierno”, con lo que esto supone para todos nosotros, tanto a nivel general
como particular; y tanto para nuestro cuerpo como para nuestro espíritu
emocional y de procedimiento de actuación.
Que
opiniones al respecto de este cambio horario hay para todos los gustos, debido
a las diferentes sensibilidades de las personas a la hora de adaptarse al
mismo; y, por otro lado, ante la opinión cada vez más extendida de si realmente
merece la pena este cambio al ponerlo en relación con los supuestos beneficios
económicos por el ahorro de energía, al intentar aprovechar de manera más
efectiva las horas de luz solar.
De tal
suerte que, hasta la Unión Europea buscó en su día un mayor consenso entre los
estados miembros sobre este particular a través de una encuesta en los países,
con el resultado final de mantener un horario fijo, sin determinar si uno u
otro –el de verano o el de invierno-, opción que deberá adoptarse no tardando
mucho.
De
momento, esta decisión en nuestro país todavía no se ha tomado; y según lo
publicado en el BOE en su día, el último cambio de hora que se establecía en la
disposición era el de octubre de 2026.
A efectos
prácticos, en el tiempo hemos coincidido con el final casi del mes de octubre
que, al cabo de dos días exactamente, nos dirá adiós para siempre.
Y claro,
llegado este “horario de invierno”, que no a todos afectará de la misma manera,
nos situaremos ya en una pronunciada pendiente directa hacia el invierno como
tal. Que llegará antes de que lo
pensemos, para encarar ya el fin de año y sus fiestas de Navidad.
Aunque
llevemos ya más de un mes con los dulces típicos de la misma ocupando las
estanterías de los supermercados.




